Desde hacía un buen rato había dejado de prestar atención a la conversación. Estaba entretenida rescatando de la memoria innumerables momentos vividos tiempo atrás en compañía de sus compañeros de mesa. Interminables tardes en la playa de La Garita, noches estrelladas en la muralla del muelle, confidencias adolescentes, algún que otro prohibido asadero, el primer amor de sus amigas, el suyo propio. Cada una de las personas que hoy se sentaban a su lado tenía algo que ver con su adolescencia.
Sin saber muy bien porque se descubrió sacando la cuenta del tiempo transcurrido desde que el amor la visitó por primera vez. Sorprendida, tras revisar la cuenta una y otra vez, concluyó en determinar que hacía casi un cuarto de siglo. Exactamente veinte y tres años.
¿y Marcos? – preguntó inconscientemente en voz alta.
- Aquí - le contestó una voz detrás suya.
Acababa de llegar en ese instante y sin siquiera tiempo para saludar, el recién llegado había sido descubierto.
¡Hola María! ¿Cuándo llegaste?
Con los consiguientes besos de bienvenida, el recién llegado se hizo hueco a su lado, arrimando una silla robada de una mesa contigua.
¿Hasta cuando te quedas? Cada año la misma consabida pregunta para encontrar la invariable respuesta en referencia al final del vacacional mes de Agosto.
La banal pregunta no hubiese tenido mayor trascendencia de no ser porque había sido formulada por quien fue su primer amor y que ahora sentado a su lado, había conseguido acelerar el palpitar de su corazón lo cual le impedía respirar con normalidad y formular una respuesta coherente.
Durante la media hora siguiente tuvo que hacer esfuerzos por controlar su desmesurada inquietud y poder al fin dirigirse a quien a su lado participaba activamente en la conversación comunitaria.
Poco a poco se fueron retirando uno tras otro sus compañeros de adolescencia. Un deseo confuso e incontrolado de prolongar la situación se había hecho fuerte en su mente. Al final de la noche sólo tres personas seguían degustando un frío botellín de cerveza Tropical. Vicente, Marcos y ella misma. No tardaron en quedarse solos porque a Vicente las obligaciones como padre le impedían permanecer.La conversación se prolongó, ya con el bar cerrado, sentados en la Playita de Los Barcos hasta muy tarde, haciendo un repaso del pasado.
Miguel G. Cedrés
Escrito el 10 de Septiembre de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario