Salto al vacío

Vete – le dijo al fin ella, intentando simular un enfado inexistente que pretendía, sin lograrlo, disimular un dolor que le quemaba por dentro.

Por favor, vete – consiguió susurrar ya sin disimular la angustia que sabía compartida con aquel hombre al que amaba y que sin embargo pretendía alejar de su vida para siempre, a pesar de leer en sus ojos en ese mismo instante, al pronunciar sus palabras, la sombra y el dolor que como a ella, le atenazaban hasta el punto de ser incapaz de proferir argumento alguno.

Parado delante de ella, mirándola fijamente percibió de súbito la misma sensación que años atrás le había helado las entrañas al saltar al vacío desde un puente – cuyo nombre ni se atrevía a recordar – en un alarde de valentía que había desaparecido desde minutos antes de arrojarse atado por los pies a una cuerda elástica y que no volvió a recuperar hasta años más tarde. Ahora sentía la misma angustia pero acrecentada por la certeza de saberse desprotegido sin la inquietante cuerda elástica.
Era capaz de percibir como se acercaba a toda velocidad al fondo del río, seco y letal, y antes de estrellarse, se oyó decir, - te amo –.

Los ojos de ella se iluminaron y él sintió como de golpe su cara se alejaba del, hasta entonces, inevitable lecho seco y letal, como si la inquietante cuerda elástica estuviera aún sujeta a sus pies.

Sin pensarlo siquiera, tras corresponder al apasionado beso que ella había entregado en sus labios, se alejó sin mirar atrás. Deseoso de volver, de volverse a mirarla.

Ya nunca más – pensó -, mientras caminaba a duras penas, la inquietante cuerda elástica enrollada en sus pies.


Michel G. Cedrés

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