Se acaba el año. Se nos acaba. Y yo, sentado en mi acera de enfrente, con la cara entre las manos, con los codos apoyados en mis rodillas, me observo. Y repaso mentalmente todas las cosas que hice. Las que hice bien y las que hice mal. Las cosas que dije que haría y que no pude, no supe, no quise. Descubro las cosas de las que ni siquiera me acordé y que ahora, lamento no haber recordado hacer. Cosas que quise hacer y que por razones de otros/as no pude llevar a cabo. Y las lágrimas que derramé. Y las sonrisas, convertidas en carcajadas nerviosas de ojos llorosos. Recuerdo las cosas que no me atreví a hacer, las que no me atreví a decir, por temor a arrepentirme. Ahora lamento no haber dicho o hecho cosas de las que arrepentirme. Es lindo arrepentirse, hasta sonrojarse. Junto con el año, se me acaban las excusas...
Y el próximo año, más. Más excusas, más sonrisas, más sentimientos, más atrevimientos, más lamentos, más temores. La misma acera de enfrente.
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