los dos amantes

La observó frente a sí, en pie, erguida. Fátima se quitó la túnica. Hernando contuvo la respiración ante la belleza del brillante cuerpo que le mostraba; sus pechos, grandes y firmes, se movían rítmicamente al compás de un deseo que la muchacha no podía esconder.

- Ven – volvió a susurrarle después de unos instantes en los que sólo se escuchó la entrecortada respiración de ambos jóvenes.

Hernando se acercó. Fátima tomó una de sus manos y la llevó a sus senos. Hernando los acarició y pellizcó con suavidad uno de sus erectos pezones. La leche brotó de él y Fátima jadeó. Hernando insistió. Un chorro de leche saltó y empapó su rostro. Los dos rieron. Fátima le hizo un gesto y él agachó la cabeza para mamar el néctar mientras deslizaba las manos por la curva de su espalda, hasta las nalgas, firmes. Entonces la muchacha lo desnudó, recorriendo su cuerpo con los labios, besándole dulce y tiernamente. Hernando se estremeció al contacto de los labios de Fátima con su miembro erecto. Fátima lo llevó al lecho. Tumbados los dos, ella intentó buscar el placer que nunca había encontrado en su esposo en un Hernando inexperto que sólo pretendía montarla. Recordó uno de los consejos del jeque Nefzawi de Túnez, transmitidos de mujer a mujer y se lo susurró al oído, mientras Hernando, encima de ella, pugnaba por introducir su pene:

- No te amaré, si no es con la condición de que juntes las ajorcas de mis tobillos con mis pendientes.

Hernando detuvo sus embates. Se incorporó y liberó de su peso el cuerpo de la muchacha. ¿Qué decía? ¿Sus tobillos en las orejas?. Interrogó a Fátima con la mirada y ella le sonrió pícaramente mientras empezaba a alzar las piernas. La penetró con ternura, pendiente de sus susurros: despacio, te quiero, despacio, quiéreme..., pero cuando sus cuerpos llegaron por fin a fundirse en uno solo, Fátima lanzó un aullido que rompió el hechizo y erizó el vello de Hernando. Entonces sus requerimientos se confundieron entre suspiros y jadeos, y Hernando se abandonó al ritmo que le marcaban los gemidos de placer de la muchacha. Alcanzaron el orgasmo al tiempo y tras entregarse a su propio éxtasis, quedaron en silencio. Al cabo de un rato, Hernando abrió los ojos y observó el semblante de Fátima por entre las piernas: mantenía los labios apretados y los ojos firmemente cerrados, como si tratase de retener aquel momento.

- Te amo – dijo Hernando.

Ella continuó sin mostrarle sus preciosos ojos negros, pero sus labios se extendieron en una sonrisa.

- Dímelo otra vez – susurró.
- Te amo.

La noche se les escapó entre besos, risas, caricias, jugueteos y promesas, ¡miles de ellas!. Hicieron el amor en más ocasiones y Fátima encontró por fin el sentido de todas y cada una de aquellas antiguas leyes del placer, su cuerpo atento al más leve de los contactos, su espíritu definitivamente entregado al goce de los sentidos. Hernando la siguió en su camino, descubriendo ese inmenso mundo de sensaciones que sólo logran verse satisfechas con las convulsiones y espasmos del éxtasis. Y después, cada vez, se juraban el uno al otro, entregarse el universo entero.

...

Del libro “La mano de Fátima”
Ildefonso Falcones

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